Novela "Entre el amor y la muerte" de Jonathan Aguirre (Capítulo 3)


 

Capítulo 3: “Recuerdos distantes”

Me puse a recordar la conversación que tuve con aquel anciano y pensé en mi difunta amada quién en vida no hacía mucho que nos había dejado y en el impacto fuerte que este hecho había causado en mí. No si fue dolor, decepción, depresión o amor; mi vida se tornó confusa, decidí alejarme de todo con lo que compartía algún tipo de vínculo social o emocional; esto era mi familia, mi trabajo, mis amigos, mis redes sociales, mi Dios y así poco a poco comencé a encerrarme dentro de mismo, a tal punto que no me interesaba nada más que no fuera estar en mi cuarto a oscuras todo el día y noche y solo salir por un poco de alimento a la cocina o  por un  vaso  de agua para tranquilizar el nudo de mi garganta que cada día parecía apretar más pero dolerme menos.

Amara, ella era tan bella para mí, jamás conocí chica semejante a ella. Su belleza no solo era física, iba más allá de eso, ella tenía gracia y un gran corazón. ¿Cómo olvidar el día en que me dio el sí? Éramos tan jóvenes. Desde que yo era un chavalito la miraba pasar frente a mi casa tomada de la mano de su madre, doña Cecilia, quién se había ganado la fama de ser una señora brava debido a que en cierta ocasión dos ladrones en pleno medio día caluroso quisieron entrar por la fuerza a robar a su casa y ella los sacó huyendo con un leño encendido que sacó del fogón donde cocía los frijoles. Diariamente doña Ceci pasaba a dejar al colegio a su hija y pues fue ahí donde la conocí.

Fuimos creciendo y Amara ya no era la niña que se escondía bajo la mano pesada de su madre, pasó a ser una jovencita muy hermosa y aplicada, para ese entonces ya estábamos en secundaria. Yo la admiraba en secreto, al igual que a otras chicas cómo es típico de un adolescente en etapa de crecimiento. Pero había algo en ella que las demás no tenían, algo que se robaba mi atención, algo que me cautivaba y me animaba a tener pensamientos más profundos de la belleza femenina. Recuerdo que en una ocasión le hice un escrito poético y le pagué unos cuantos pesos a un compañero de su clase para que fuera a su salón y lo escondiera en su mochila. Si lo leyó no sé, pero más o menos iba así:

“En los rincones de la ciudad, donde las luces de neón parpadean como estrellas urbanas, ella aparece como un suspiro de primavera. Su cabello es un río de ébano que cae en cascada sobre sus hombros, y sus ojos, profundos como abismos, guardan secretos que solo la luna conoce.

Su piel, suave como pétalos de rosa, atrapa la luz de la luna y la transforma en un resplandor etéreo. Sus labios, una promesa de dulzura y misterio, se curvan en una sonrisa que ilumina incluso las noches más oscuras.

Caminando con gracia felina, sus pasos apenas rozan el suelo. Viste vestidos de colores suaves, como si estuviera tejida de sueños y susurros. Las flores parecen inclinarse hacia ella, como si supieran que es un ser mágico que ha venido a habitar el mundo de los mortales.

Pero es en su mirada donde reside su verdadera belleza. Hay algo en ella, una chispa de curiosidad y asombro, que la hace irresistible. Como si llevara consigo los secretos del universo y estuviera dispuesta a compartirlos con aquellos lo suficientemente valientes para mirarla a los ojos.

Así eres tú: una criatura de encanto y misterio, una musa que inspira versos y despierta pasiones. En las páginas de una novela, tu nombre sería un susurro en los corazones de los lectores, y tu imagen, un recuerdo imborrable en sus mentes”.

Sí, tenía mucho tiempo libre cómo para pasar horas enteras escribiéndole versos, canciones o poemas. Así que era mi amor platónico y nunca se lo dije durante los años que compartimos la secundaria. Cuando íbamos para cuarto año Amara se mudó junto a su mamá a otra ciudad donde le darían un trabajo bien remunerado cuidando unos gemelos de una señora muy adinerada y reconocida. Doña Cecilia estaba entusiasmada por su viaje, ya que por fin dejaría el barrio del cuál anhelaba desde un tiempo atrás alejarse y por fin había tocado a su puerta una oportunidad favorable para ambas y como era de esperarse partieron hacia su nuevo destino.

- ¿Qué si me dolió? – Sí, en demasía. Como no era amigo de Amara no me di cuenta que se iba hasta que la vi un lunes en la mañana ir caminando junto a su madre por la misma calle, pero esta vez cada una llevaba una maleta con sus cosas. En el momento me pareció raro verlas tan temprano; ¿se van de vacaciones?, ¿irán a botar esas viejas maletas? Quería creer que no se iban, pero mi madre rompió el silencio y me dijo que unos días antes Amara anduvo regalando en la cuadra unos cactus y unas maceteras que no podía llevarse. Las vi marcharse despacio, parecía que el viento le ponía resistencia al vestido rosado de Amara que la hacía ver más blanca, más virginal. Desde el final de la cuadra ella volteó y sonrió como despidiéndose del vecindario, en ese momento sentí una angustia en mi corazón, un sentimiento de soledad y vacío. Me dijeron que eso era amor, pero a mí me dolía. En fin, se fue y lloré amargamente por nunca haber tenido el valor de decirle que le amaba.

Después de su partida, mis días se volvieron monótonos y solitarios. La ausencia de Amara era como una sombra constante que oscurecía mis pensamientos y mi corazón. Me refugié aún más en mi escritura, pero esta vez los versos eran sombríos y llenos de melancolía. Las palabras fluían de mi pluma como lágrimas, cada una reflejando el dolor que sentía.

Recuerdo un día particularmente gris, estaba sentado en mi escritorio, mirando por la ventana mientras la lluvia golpeaba el cristal con insistencia. El mundo exterior parecía compartir mi tristeza. En ese momento, me di cuenta de que no podía seguir así, de que necesitaba encontrar una manera de buscarla y declararle el amor que sentía por ella.


 

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