Novela "Entre el amor y la muerte" de Jonathan Aguirre (Capítulo 1)

 


“En un lugar desconocido”


Iba caminando por una árida vereda, sentí que venían tras de mí, eran la soledad y la tristeza. Cuando las vi, quise correr, pero sin nada que yo pudiera hacer me atraparon, me envolvieron con una sábana negra de esas que ahogan los sueños, que envuelven verdaderos sentimientos y que ahogan las ganas de vivir.

Estaba inmóvil, a oscuras, expuesto al frio y al calor de la vereda; muchos pasaban, pero nadie me ayudaba. Recibí el calor del sol y el frio de la luna. Pensé que jamás volvería a ver la luz de un buen día o tomaría un buen café de la casa de mi tía.

Desde adentro gritaba con todas mis fuerzas, pero parecía que, al exterior mi voz era muda, nadie la escuchaba, nadie se compadecía de aquel bulto envuelto en la vereda.

Cada segundo el terror y la sofocación ponían en jaque mi corazón atenuado, lágrimas comenzaron a salir de mis ojos, mientras una triste lluvia comenzaba a caer sobre la vereda.  Mis lágrimas se contuvieron debido al frio que sobrecogían mis débiles huesos asfixiados por aquella sofocación que apretaba cada vez más; yo sabía que afuera aún estaba la tristeza y la soledad viendo como sufría, viendo como moría.

No sé si por asfixia, por tristeza o por dolor mi corazón no resistió más y durmió; pero mi alma seguía viva. En ese momento no sentí dolor o tristeza alguna; pues la tristeza se me llevó el corazón. Me sentí liberado de un gran peso, por un momento sentí que no quería nada ni a nadie e ignoré lo que era amar o querer. ¡Fue raro! Ahora pensaba que tal vez saldría de esa oscura prisión, pero no, la soledad tenía atrapada mi alma.  De un momento a otro mi cuerpo desapareció y solo mi alma se encontraba dentro de aquella sábana. Comencé a examinarme ya que era un alma y no un cuerpo de carne, pude notar que era de un tono gris opaco, en realidad era como mi cuerpo anterior, pero me podía traspasar a mí mismo sin sentir dolor, pero no podía traspasar aquella gruesa tela. De repente sentí como que alguien me cargaba, todo era silencio, pero sentí que me movían, perdí noción de tiempo y espacio, y creí que ese sería el sepulcro eterno de mi alma.

Dormí, no supe cómo, pero logré ese estado, ¡No sabía que el alma durmiese! Cuando mi alma despertó se sentía cada vez más sola. De pronto sentí como la sábana debido al aire comenzaba a entreabrirse.  Sin pensarlo dos veces hice el intento de salir y pude hacerlo.

 Cuando estuve fuera el ambiente era denso y entre la neblina pude ver bultos cadavéricos y quejidos de almas que no podían liberarse de sus encierros. Quise ayudar a salir a otra alma, pero cuando me acerqué a aquella negra sábana esta se abrió y por poco me atrapa sino hubiese saltado hacia atrás; en ese momento entendí que cada quien tenía que luchar para salir de su propia cárcel. Noté que mis pies no tocaban el suelo luego de que salté, entonces me impulsé y comprobé que ahora podía volar. Traté de volar alto donde me sintiera seguro de que ninguna sábana me atrapase. Pero entre más avanzaba, la soledad y el dolor se agravaban más en aquel lugar.

Desde las alturas divisé y una roca y decidí bajar (no por cansancio), posó mi alma en aquella roca y noté que la neblina se hacía más densa y los quejidos incrementaban.  Parecía que la neblina y oscuridad se alimentaban del dolor de las almas. Me preguntaba si aquel lugar era el purgatorio y si yo era el único que había podido salir de su celda, pero mi conciencia sabía que no existía el purgatorio debido a las enseñanzas que en carne había recibido y callaron mis pensamientos.

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